EL NAZI QUE ODIABA A HITLER

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EL NAZI QUE ODIABA A HITLER

Por: Sebastián Sancho (*)

Durante años esta imagen representó para muchos la fuerza de la convicción en unos ideales, aun cuando el mundo gira en sentido contrario. En cambio, y como una irónica broma del destino, nadie sabía quién era esa persona que lo representaba en la fotografía.

Corría el año 1936 y el nazismo estaba en pleno auge después de que Alemania sufriera una de las mayores crisis de su historia. El pueblo asistía con orgullo y esperanza a un resurgir que les colocaría en lo más alto de las naciones del mundo.

Los obreros comenzaban a cumplir sus sueños de mantener a sus hijos con dignidad, el hambre desaparecía de las calles, las radios llenaban los hogares, los coches llegaban a las familias… Era fácil dejarse llevar por aquella esquizofrenia colectiva, unirse al rebaño herido y alzar el brazo para gritar ¡Heil Hitler! Pero hubo un hombre que no lo hizo.
August Landmesser nació el 24 de mayo de 1910 y, como la mayoría de hombres y mujeres de su época, sus sueños no iban más allá de los de tener una vida mejor. En 1931, y como otros muchos, se afilió al Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán con la esperanza de que esto le ayudase a encontrar un empleo en aquella Alemania cada vez más politizada.
Pero el amor se cruza en la vida de las personas de maneras inesperadas, y dos años después lo hizo en la vida de August. Se llamaba Irma Eckler y tenía una mirada amable. Era bajita, menuda, de pelo corto y oscuro… y era judía. Quiso casarse con ella, pero las leyes de Nuremberg se lo prohibían. Tenía dos opciones, dejar a aquella chica o arriesgarse a que lo descubrieran. August eligió la segunda.
El secreto no duró demasiado y en 1935 lo expulsaron del partido. Al menos ya no tendría que seguir viviendo en una mentira. Al poco tiempo llegó una hija a la que llamó Ingrid. Fue el momento en el que tanto August como Irma decidieron hacer las maletas. Sabían de sobra que quedarse en Alemania no les traería nada bueno, y ahora debían pensar en alguien más que en ellos mismos.

Organizaron el viaje y, juntos los tres, partieron hacia Dinamarca. Pero la desgracia se cebó con la familia. En el trayecto fueron detenidos por la Gestapo y, casi de la noche a la mañana, fueron enviados a campos de concentración.
Irma estaba embarazada en esos momentos de su segunda hija, Irene, a la que August jamás llegaría a conocer. Se cree que a Irma la enviaron a Hamburgo y que, al menos durante un tiempo, le permitieron estar junto a sus dos hijas antes de que las separaran para siempre. Una de ellas fue enviada junto con su abuela, y la otra fue entregada en adopción. Días después Irma fue asesinada en aquella prisión. Nunca supo qué había ocurrido con su marido ni probablemente si sus hijas de veras estaban a salvo.
August, por su parte, fue encarcelado por «infamia racial» y «deshonrar a la raza». Así permaneció un tiempo hasta que en 1941 fue enviado al frente a luchar por un régimen que se lo había arrebatado todo.

En 1944, en una zona cercana a Dubrovnik, y sin que podamos saber qué ocurrió con exactitud, August desapareció para siempre. En el año 1949 se le declaró oficialmente fallecido.


Pasaron largos años, muchos, hasta que una señora de edad madura en el año 1991 observó una fotografía tomada en los Astilleros de Hamburgo mucho tiempo atrás; era el año 1936 y Hitler botaba una nueva nave para la armada alemana. El populacho, enaltecido, elevaba su brazo para realizar el saludo nazi. Pero en medio de todos ellos había un hombre que había permanecido cruzado de brazos. Aquel hombre era August Landmesser, y la mujer que sostenía la fotografía era Irene, su hija, quien aún no había nacido en el momento en el que lo apresaron. Y así fue como, en un irónico giro del destino, aquella mujer rescató para el mundo el nombre y la figura de su padre, a pesar de que a ella jamás le permitieron conocerlo en persona.

(*)
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