CHILE. CUANDO EL PUEBLO NO ES PROGRESISTA, LLEGA LA HORA DE LOS REVOLUCIONARIOS

CHILE. CUANDO EL PUEBLO NO ES PROGRESISTA, LLEGA LA HORA DE LOS REVOLUCIONARIOS
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“Hoy día la burguesía y sus representantes en los diferentes campos del mundo político (en el gobierno y la oposición), se preparan para ultimar el acuerdo que han venido preparado desde el cierre de las sesiones de la Convención Constitucional. Nos ofrecerán un texto constitucional surgido del “espíritu de unidad nacional”, elaborado de espaldas a los sectores populares y que se convierta en garante de los intereses de las clases dominantes por las próximas cinco décadas. Frente a ese escenario los desafíos que tenemos por delante son muchos”.

“Debemos construirnos como una alternativa revolucionaria y debemos hacerlo al interior de los trabajadores. Recuperando la centralidad de la clase trabajadora y de su proyecto histórico. Debemos avanzar hacia la formación de un núcleo de convergencia social y político que permita articular las luchas autónomas del campo popular. Debemos adoptar una estrategia de lucha rupturista que tenga la capacidad de sustraerse efectivamente a la institucionalidad burguesa. Debemos desarrollar una política de formación que, reconociendo la centralidad del conflicto de clases, sea capaz, a su vez, de articular los diferentes campos culturales de la lucha social y política. No habrá́ cambio revolucionario, sin clase revolucionaria, organización revolucionaria y estrategia revolucionaria”.

Igor Goicovic, Historiador y académico

Este artículo para al revés, parte con la conclusión.

La cita que introduce este texto corresponde a la opinión del historiador y académico Igor Goicovic en relación al resultado del plebiscito constitucional del 4 de septiembre y del resultado arrollador para la Opción Rechazo 62% contra la Opción Apruebo 38%.

Existen muchas interpretaciones sobre estos resultados pero no lo más concreto y que no aparece en ninguna encuesta o urna es el rol, el deber que le asiste a los movimiento y colectivos revolucionarios en un período histórico donde la clase dominante se encuentra en un callejón sin salida producto de su profunda e histórica incapacidad de solucionar la crisis permanente y prolongada del pueblo (su esencia reaccionaria y no revolucionaria le prohíbe dar con una solución estructural porque sería combatir contra ella misma), por otro la disposición de gran parte del pueblo a luchar por las justas demandas ya sea en su formato de estallido social o sea repudiando soluciones constitucionales que no atacan ni tocan tangencialmente el modelo económico ni la concentración de la riqueza por el contrario los dejan intactos. Las condiciones objetivas están dadas, y siempre han estado presentes, la conciencia política, el factor subjetivo, se ha desarrollado, ha cambiado y se mostrado en forma ofensiva a medida que la crisis del modelito se muestra con más claridad y brutalidad. Sin embargo, el gran ausente por su extrema debilidad y fragmentación ha sido la presencia conductora del movimiento revolucionario.

La presente coyuntura política, la complejidad descrita más arriba, exige al movimiento revolucionario, fragmentado, entrar en una rápida y profunda maduración que lo lleve a su unidad estratégica y táctica efectiva, que produzca un profunda inserción como comprensión del pueblo y de los movimientos sociales, que sea capaz de impulsar un amplio movimiento de convergencia y lucha que vaya en la dirección de construir una verdadera oposición al conjunto de sistema de dominación y que sea capaz de, a partir de allí, levantar el programa y plataforma de lucha hoy ausente aunque urgentemente necesarias.

Pero para producir esa unidad y convergencia necesaria se debe entender el actual proceso iniciado el 19 de octubre del 2019, estallido social, y cuyas raíces vienen desde el 2006, primera rebelión estudiantil, que se mostró el 2011 con la masividad de la lucha contra el lucro en educación, el movimiento de No + AFP, las sucesivas rebeliones de regiones y de las zonas de sacrificios pero también y muy importante la permanente, y ejemplar, lucha del Pueblo-Nación Mapuche contra el capital transnacional, desde su perspectiva anti capitalista, anti imperialista y por su justa autodeterminación como liberación nacional. Para ello se presentan algunos elementos para esa comprensión que sin duda serán insuficientes como usualmente sucede cuando se trata de analizar procesos de profunda complejidad.

Del estallido social, 2019.

El estallido social marca el fin de la paciencia del pueblo exigida por al clase política con el argumento de “proteger y fortalecer la naciente democracia (inicio de la transición en los 90s), comprender la crisis económica internacional (a fines de los 90s y comienzos del 2000) y con ello la profunda decadencia del conjunto del poder en múltiples casos de abusos de poder, enriquecimiento ilícito, oligarquización de la política, impunidad para los del poder y miseria-garrote para el pueblo. La rebelión del 2019 se justificó como siempre se había justificado.

La clase dominante, consciente que sus antiguas formaciones políticas había caído ya en el descrédito y decadencia fue hábil para estructurar y levantar una nueva alternativa y discurso que ocupara el lugar dejado por la derecha pinochetista y progresista (Alianza por Chile, Concertación y Nueva Mayoría) así el Frente Amplio, el neo progresismo, la nueva socialdemocracia nace con ese respaldo y aval. Nace desde el movimiento estudiantil, desde la pequeña-burguesía, desde las capas medias (aspiracionales) desde una izquierda “culturalista” aquella que ve los problemas de la sociedad capitalista desde la perspectiva cultural, de la distribución de derechos, desde los derechos a las minorías excluidas, con la consigna que los problemas de la democracia se enfrentan con más democracia. Esa izquierda culturalista-progresista enfrenta los problemas que el capitalismo genera no desde la lucha de clases sino desde la conciliación absoluta donde el discurso visible es de un anti neoliberalismo limitado y de un anti capitalismo ausente. Y donde las luchas de las minorías culturalmente excluidas suplantan, reemplazan el rol central que tiene la clase trabajadora, el proletariado. Imponen la construcción del “ciudadanismo” contrario a la construcción del movimiento de los trabajadores como eje central. Gabriel Boric, su gobierno y la constitución redactada es producto de ello, de esa izquierda “culturalista”, autonómica, de esa izquierda caviar, whisky, hippie de trasnoche.

Si el estallido social fue en contra del conjunto del poder, y desde las condiciones apremiantes y angustiantes de la clase trabajadora donde casi el 50% de los sueldos se encuentran bajo los $500.000 siendo que la línea de la pobreza se calcula en $650.000, donde los trabajadores son sometidos al Código del Trabajo neoliberalizando el conjunto de las relaciones laborales y salariales con nulos derechos para los trabajadores cuya existencia es apoyada y fortalecida por la burocracia sindical títere del conjunto de la clase política y donde los pobladores viven los efectos del control territorial a manos del narcotráfico, los pésimos niveles de educación y efectividad pedagógica de los liceos y escuelas de la “periferia” de los territorios donde el acceso a la educación superior de estos territorios sigue siendo lejana desde el punto de vista de su base cognitiva-cultural como consecuencia de la segregación social que produce el capitalismo-neoliberal, entre muchos otros factores, hizo que el estallido social fuera inevitable como sorprendente en su magnitud, extensión geográfica y ejercicio de la violencia popular.  El sistema avanzó hacia el abismo y estuvo en puntillas en su borde.

La clase dominante rápidamente corrió a introducir el diversionismo político, la ilusión y la distracción. Situó de mano del Frente Amplio, desde esa izquierda culturalista-progresista, el problema de la injusticia social, de la lucha de clases como un problema constitucional y no como un problema del capitalismo mismo. Todo se solucionaría con una nueva constitución y con un amago de asamblea constituyente, Convención Constitucional, la cual sería permanente intervenida y digitada, manipulada, por la clase política misma, por la clase dominante. Impusieron la prohibición de cambiar el modelo económico, de tocar los Tratados de Libre Comercio, e impusieron el quorum supramayoritario de los 2/3 que fue el candado siempre presente en la Constitución de Pinochet-Lagos pero que ahora les era útil para proteger el mismo sistema que decían combatir. Por más constituyente que se presentara la Convención aquella, la propuesta constitucional se redactó sin la participación ni deliberación del pueblo. La soberanía fue nuevamente usurpada, manoseada, invisibilizada.

El contenido de la propuesta constitucional fue hecha desde la ideología sistémica del progresismo de nueva generación, desde los derechos de las minorías, poniendo el acento a factores culturales, sin atender a la contradicción principal entre Capital y Trabajo, invisibilizando la lucha de clases, sin mencionar el rol del mercado, si atacar el neoliberalismo, perfeccionando y revalidando el capitalismo y su democracia burguesa contra la cual el pueblo se había alzado el 2019. Fue hecha con derechos sociales sin que el pueblo tuviera control efectivo del poder (¿para qué ser requieren derechos si no se tiene el poder?)

El antiguo progresismo, la Concertación, veía como gato hacia la pescadería. La derecha fascista agonizaba porque se había mostrado como irrelevante, por lo menos políticamente. La incapacidad política de Boric, llevó al desembarco de la antigua Concertación, de sus fuerzas, fue el abrazo del oso y más de lo mismo. Se impuso la disyuntiva entre “la copia y el original” y así se llegó al plebiscito del 4 de septiembre. Junto con ello, Boric se mostró represor, fascistoide. Ya no buscaba la refundación de carabineros sino su reforma y total apoyo a su labor represiva. Ya no perseguía la libera a los presos políticos del estallido sino el cumplimiento de condenas. Ya no hablaba del Wallmapu sino imponía sucesivos Estados de Excepción en la Araucanía y llevando a la cárcel a sus comuneros y máximo dirigente, Héctor Llaitul, de la mano de un nuevo montaje político-jurídico-policial.  Con todo, ¿qué duda cabía que este progresismo iba a ser derrotado? Lo que no se sabía era la magnitud del fracaso, no se sabía que tan grande sería la paliza y fue enorme, tremenda, nacional y popular.

¿Qué fue el 62% del rechazo?

Si bien la Opción Rechazo fue impulsada por la derecha fascista-pinochetista y por la derecha de la Concertación, el porcentaje obtenido no se puede leer como un apoyo a esos sectores. Al igual que en el triunfo de Boric en la elección presidencial donde obtuvo el 55%, ese 55% no se podía interpretar como un voto “pro-Boric” sino había un alto porcentaje de un voto “anti-Kast” o “anti-fascista” como una forma de frenar un posible triunfo del ultraderechista, José Antonio Kast. Así, el 62% del Rechazo no se puede ver como un apoyo a las derechas sino también un gran porcentaje de este como “voto de castigo”, como una forma de protesta tanto a la incapacidad del gobierno como al contenido progresista de la propuesta constitucional. Boric perdió rápidamente gran parte de sus bases de apoyo al virar constantemente hacia la derecha, al aliarse más claramente con la Concertación y al valorar todo lo obrado durante los 30 años de transición, 30 años que el mismo estallido social repudió.

Entonces, se descubrió la verdad, “Chile no es progresista”, es decir, Chile, su pueblo, no es de izquierda culturalista, no es de izquierda progresista, por lo menos, este pueblo de hoy, despierto, en estallido, no lo es. Va asumiendo su condición y pertenencia a la clase trabajadora. VA entendiendo su esencial condición de explotado desde sus vidas miserables. Por lo tanto, ese progresismo aspiracional, pequeño-burgués o burgués es visto como migajas, como un insulto, como un caramelo, una aspirina. Lo que este pueblo no progresista demanda son soluciones inmediatas, una vida digna, una vida feliz. Lo que demanda este pueblo no culturalista son cambios estructurales y no cosméticos. Lo que demanda el pueblo y la clase trabajadora es cumplir con las más profundas y amplias ansias de justicia social. Esto fue lo que repudio la clase trabajadora, la mayoría.

Volviendo a la conclusión inicial, es este el contexto en que la izquierda revolucionaria se encuentra ausente y es este mismo contexto el que clama su presencia y participación decidora. Si el pueblo, los trabajadores no son progresistas entonces ha llegado la hora de los revolucionarios. Es el turno de ellos, que ellos ahora muestren, conduzcan este proceso que se mostrará largo y que no terminará con la realización de una Convención 2.0 y la redacción de una nueva propuesta constitucional burguesa-capitalista-neoliberal. Si la burguesía se encuentra en un callejón sin salida, entonces, los trabajadores y los pueblos tienen el camino abierto y el viento sopla a su favor. La tormenta se encuentra en lado de los ricos. Llegó la hora de los revolucionarios y sólo cabe llegar a su encuentro, tomar la historia en sus manos, enfrentarla con dignidad y sabiduría, sin complejos ni dogmatismo, con generosidad y humildad, con ansias de aprender y conducir, pero como decía José Martí con una fuerte dosis de: “Humanidad más que política. Indignación más que miseria”.

 

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